domingo, 14 de junio de 2015

Yo lucharé

Yo lucharé.
Contra ese vacío que se ha quedado en el domingo,
con todos y cada uno de los poros que no nos besamos,
que seguro son pocos.
Con la cafetera y su obstinación de quedarse vacía,
siempre esperando la última taza,
la que falta,
que no se sabe si es la tuya o la mía.
Contra la telaraña de mi entrepierna,
con ese paisaje primaveral que habita en la tuya.
Contra el recuerdo latente de nuestro futuro,
que de vez en cuando asoma la cabeza tras el telón.

Yo lucharé.
Con mi constante promesa de bajarte la luna,
porque preferí primero bajarte las bragas
(estoy seguro que lo sabrás entender).
Con el invierno de la distancia embrutecida,
contra este verano sin ti.
Con tu manía constante de mirarte en los espejos,
con mi risa estúpida de verme reflejado contigo,
con todas las maneras que tienes de soltarte el pelo
y de hacerle un bulto a mi pantalón.

Yo lucharé.
Con todos los recuerdos que estorban nuestros sueños,
con las fotos que no nos sacamos,
los mensajes que no nos enviamos,
las miradas que nos faltaron después del suspiro del adiós.
Con ese texto a medias que nos prometimos,
con ese viaje que no hicimos,
con esta sed de verte recostada en mi sofá.
Contra mi terquedad y tus caricias
(no tienes ni puta idea lo que me faltas).
Contra mis caricias y tu terquedad
(no tengo ni puta idea lo que me piensas).

Yo lucharé.
Contra este silencio de escritos,
con estas hojas en blanco que no sé dónde meter.
Con los girasoles que no nos miran,
con la nicotina de la esperanza,
contra los malos entendidos y la confusión.
Contra mis malos hábitos,
con la costumbre de mirar en las esquinas por si te veo mover el mundo con los pies.
Contra las manos confusas que nos buscan en otra piel, en otros labios.
Con este echar de menos
que a mí me carcome todos los días.
Contra todos los días que no estás aquí.

Yo lucharé, lo juro.
Y no lo haré por ti
sino contigo.

jueves, 21 de mayo de 2015

Volar

Volar, lo que se dice volar...

Hace mucho que no encuentro la metáfora en tus ojos, ni el roce de tus labios por la mañana. Y no es que te haya dejado de querer, simplemente te empiezo a buscar un poco menos.
Entre tanta distancia implícita y silencios que no valen la alegría sino la pena, empiezo a recordar un poco el material del que estoy hecho.
Ese vértigo de verme solo en ocasiones donde siempre estuvimos de la mano asusta, pero tampoco me congela el siguiente paso.
Aun así, evito el contacto con las alturas.
Por si acaso.

Volar, lo que se dice volar...

No sé porqué intuía que vendrías del otro lado: por el izquierdo del pecho. Cargada de encanto y cosas nuevas que contar.
No sé porqué intuía que vendrías en bicicleta y sudando, vestida de sonrisa, con la apuesta segura, con mi destino en un puño, con el pelo de amanecer en la playa, con la playa dispuesta a amanecer en tu pelo.
No sé porqué intuía que tendrías los ojos de llanto, el "te echo de menos" en la punta de la lengua, que entre tus piernas había un nuevo mundo, que el mundo era un lugar pequeño, que yo era minúsculo y cabía en tu bolsillo.
No pasó nada de eso.
Nunca fui un chico de intuiciones.

Volar, lo que se dice volar...

Soy otro hombre.
Hago la cama todos los días, a veces ni siquiera me escondo bajo las sábanas. He colgado las camisas en el armario, enrollado los calcetines y he limpiado las manchas de la ropa (ahora queda sitio para manchas nuevas).
Me levanto pronto, caliento el café en el microondas, intento no comer porquerías, riego las plantas de la terraza, pienso que un día debería salir por ahí, saludo a los vecinos, escucho a los pájaros, pienso en pistolas, en el tibidabo, en el cine, en Eyes wide shut, pienso en volver, pienso en salir, pienso en tomar impulso...
Luego tomo una cerveza y se me pasa.

Volar, lo que se dice volar...

Dicen que el verano se ha adelantado. Y menos mal. No podría soportar la primavera.
Cuando llueve yo lluevo con el cielo. Es necesario que llueva, llover y lleverse.
No pensar en ti es como intentar dejar el tabaco. Así que dejo que me mate lo que me tenga que matar primero.

Pero estoy bien,
sólo que volar,
lo que se dice volar...
No vuelo.

lunes, 20 de abril de 2015

La primavera ha empezado y por este rincón de la ciudad todavía no sale el sol

Ella decía que yo era mago.
Me lo decía en sus escritos
y cuando tomábamos cervezas en el chino de la esquina.
A mi me gustaba pensar que la magia era cosa de los dos:
cuando reíamos,
cuando nos sentábamos a escribir
o cuando llegábamos a casa con la lujuria entre los dientes.

Ella es de esos amores que tienes que abrazar
en cualquier parte y sin ningún por qué,
de esos a los que no le tienes que pedir explicación.

Los días que no dormía conmigo yo la acompañaba a su casa
y me quedaba en el portal esperando a que suba por el ascensor,
nos mirábamos tras el cristal de la puerta y nos hacíamos señales con las manos,
o ella se ponía a bailar y yo reía como un estúpido.
Luego desaparecía tras los botones del último piso
y yo regresaba a casa con la mirada gacha y su olor impregnado en la chaqueta.
Lo único bonito de la despedida era saber que al llegar tendría un mensaje
en el móvil que pondría: ¿Has llegado cariño?
Y un montón de caritas amarillas que mandan besos y le salen corazones por la boca.

Hoy he llegado a casa y mi chaqueta olía a una Barcelona sin ti
y en el móvil sólo habían mensajes pasados.

Ahora me gustaría ser mago,
retroceder el tiempo y abrazarte más y mejor,
decirte al oído llévame contigo a cualquier parte,
volver a escribir sobre tu espalda todas las frases que te debo,
prepararte el desayuno por las mañanas,
bajar a comprar napolitanas de chocolate
mientras tú desordenas la cama
y mi vida,
sentir tu respiración en mi pecho,
desnudarte antes de la ducha,
acariciarte todo el cuerpo
y prometer que no meteré mi dedo en tu ombligo,
morderte las piernas,
ayudar a peinarte,
planificar todos los viajes de los próximos años,
correr más de la mano,
sentir el viento en la cima de la montaña del putget,
volver a ser sueño en mitad de esta pesadilla.

Me gustaría ser mago para demostrarte que la magia
era tu risa junto a la mía.
Y no lo que tú pensabas
sino lo que yo creía.


miércoles, 8 de abril de 2015

Yo sólo intenté hacerte feliz.
De todas las formas,
con todas mis armas.
Lo intenté.
Lo juro.

Pero te vi escapar,
te vi convertirte en humo
con la última calada del cigarro.
Te hiciste suspiro de lunes
un martes por la mañana.

Te vi olvidar mi número de teléfono,
la dirección de mi casa,
de qué lado de la cama me gusta
dormir.

Te vi follarme pensando en otras
cosas...

Yo sólo necesitaba tu abrigo,
tus lunares en el cielo de la
memoria,
necesitaba hablar contigo
como hablan los niños:
sin tanta seriedad.

Pero nos hicimos adultos
en la banca de un parque.

Y vi mis manos tratando de
alcanzarte,
vi el silencio que se forma de
noche,
vi como te lloraban los labios.

Y yo no pude hacer nada.

Nunca,
me había dado por vencido.
Nunca,
había amado tanto a nadie.

Pero ahora,
ya en estas cuatro paredes
mustias,
el recuerdo se hace presente
y obstinado.
Y no me queda otra opción más que
cerrar los ojos
y desearte esa felicidad
que no te pude dar.

Lo siento cariño,
esta vez he perdido.


viernes, 27 de marzo de 2015

¿Alguien ha visto mi vida? No la encuentro. Me dijeron que la habían tirado por aquí. Sí señora, sí. Ha escuchado bien: mi vida. ¿Sabe lo qué es? Yo no tengo ni idea, por eso la busco. 
Pienso que será algo pequeño. Sí, sí. Porque sino, ya me dirán cómo puedo buscarla dentro de estos diminutos artificios. Artificios... Últimamente a todo le llaman arte: el arte de pintar, el arte de correr, el arte de masturbarse. Como si no hubieran suficientes cosas buenas para querer remplazarlo todo. Yo cambié pedazos de mi vida por comida. Comer sí que es importante. También la cambie por cigarrillos, por vestimentas a la moda, por aparatos que te limpian la casa solos. Muy cierto, pero triste a la vez. Cada día somos más inútiles. Al fin y al cabo acumular nos da la sensación de seguridad ¿no? Aunque yo siempre he sido inseguro. Hay personas que a todo eso le llaman calidad de vida. Pero de calidad no tenía nada. Solo, siempre solo. Y lo poco que me quedaba de vida, voy y lo pierdo. Hay que ser tonto ¿eh?
Mi vida. Sí, sí. ¿La han visto? Bueno, en realidad la busco por aquí simplemente porque hay más luz, y yo he escuchado por allí que donde hay luz las cosas se ven mejor. Pero yo no veo nada. Puede que sea de color azul. O al menos eso recuerdo. Memoria selectiva le llaman, como si fuéramos capaces realmente de seleccionar lo que queremos recordar. Gilipolleces del ser humano.
Factura de la luz, cartas de hacienda, notificaciones de embargo... Yo creo que esto también es parte de mi vida. Pero esta es la parte que me roban ¿eso no os lo habían dicho? Cuando te dan una vida el resto de personas tiene el derecho de quitarte un poco de ella. Hay que joderse en todos los sentidos de la palabra. Se juntan entre cuatro paredes y deciden que parte de tu vida te van a robar. Y no hablo de dinero, no, hablo de los sueños, de la sonrisa, de los abrazos...
En fin. Lo bueno de todo lo malo es que se pasa. Lo malo es que todo lo bueno también.
Perdón ¿alguien a visto mi vida?

sábado, 7 de marzo de 2015

Memoria y olvido

Yo olvidé mi nombre y mi edad cuando nací.
De verdad. Antes era negro y tenía el pelo tan rizado que los pájaros venían a dormir en él. A mí no me molestaban, yo los quería mucho. Pero como todos los pájaros, desplegaban sus alas al cabo de un tiempo y se alejaban de mi pelo rizado y negro.
Sí, sí. Muy negro.
Y rizado.

¿Qué les estaba contando?
¡Ah sí!
Yo olvidé mi nombre y mi edad cuando nací.
Mi madre que era china también lo olvidó. Lo olvidó de tal manera que a veces me llamaba como a los gatos: con una sílaba. Cocinaba el arroz con tres delicias: sus manos, sus ojos y los veinte yuanes que ganaba pisando el pedal de una maquina en una fábrica de Beijín. Mi lengua materna era el quechua y usaba trajes de alpaca tejidos a mano que mi tía día sí, y día también, me bordaba cuando regresaba de la mina en Tocopilla. 

Perdón…
Es que me distraigo mucho y nuca digo lo que quiero decir.
Bueno, ahí va:
Yo olvidé mi nombre y mi edad cuando nací.
Y mi padre que era subsahariano también lo olvidó. Como la vez que se le olvidó nadar en el mar de Ceuta. Yo lo esperé, pero nunca regresó. Mi tío marroquí me ha dicho que se ha convertido en pez, pero a mí no me importa, si hace falta yo me puedo convertir en sirena. 

De verdad os lo digo:
Yo olvidé mi nombre y mi edad cuando nací.
Y mi hermana cuando se fue de España también lo olvidó. A veces me llama por teléfono. Y llora. Y yo no sé por qué. Me ha dicho que quiere abrazarme y que muy pronto nos veremos. Ella carga todo el día con niños que escupen en inglés, beben en inglés y hasta defecan en inglés. Tiene que estar muy feliz, porque a ella le gusta ayudar. Sí, sí. Siempre quiso ser doctora. 

Una amiga dice que estaré mejor en Perú. Que allí me querrán y me cuidarán como es debido.
Pero, ¿cómo voy a ir?
Si nadie sabe mi nombre,
ni mi edad,
y yo… 
yo los olvidé cuando nací.

martes, 3 de marzo de 2015

El cardenal en los ojos al cruzar la calle

"Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido..."

Puedes viajar.
En cualquier formato:
Susurro, palabra, caricia.
Puedes saltar de la mano con otro desde un edificio si lo deseas:
indiferencia, lejanía, silencio.
Ya nos hemos tenido en el bote
¿recuerdas?
pero para avanzar es necesario remar los dos.
No tienes ni idea (o tal vez sí, tengo tendencia a la equivocación) de las cosas maravillosas que te esperan.

"...yo porque tú eras lo que yo más amaba y tú porque yo era el que te amaba más..."

No nos devolveremos simples objetos, sino recuerdos:
los viajes, el café de las mañanas, historias de cronopios y de famas.
Caminaremos en direcciones distintas,
tararearemos otras melodías en el asfalto,
nos reconoceremos en otros brazos,
jugaremos al amor como tantas veces lo habremos hecho.
Y volveremos a salir dañados (esta es otra tendencia, yo la denominaría suicida).

"Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo..."

Mi madre dice que tengo que comer más,
que estoy muy delgado.
Yo le digo que no es delgadez que es olvido.
Ella dice que entonces no me olvide de comer.
Ojalá esté aquí,
y que me diera esos abrazos que sólo una madre sabe dar,
que me vuelva a sentir pequeño
y que me grite desde la puerta:
Abrígate que es invierno y hace mucho frío.
Y no tenga que volver a confundir frío con amor.

"...porque yo podré amar a otras como te amaba a ti..."

La calle cada vez me parece más una selva
y yo un niño pijo que siempre viaja en taxi.
Tengo miedo,
de que se vuelva a cruzar tu ausencia por mi espalda,
de las faldas cortas en canciones de Joaquín,
de que un día, a saber dónde, nos de por escribirnos y tengamos que fingir felicidad.
Se me da muy mal fingir.
Entonces lloraré,
y te odiaré,
te odiaré tanto...
Porque no sé lo que voy a hacer.
Sin ti.

"...pero a ti no te amarán como te amaba yo".